Carlos Peñalba era un exitoso director de una firma de software financiero en Nueva York al que la llegada de la crisis financiera le anima a dejarlo todo para perseguir un sueño. No solo abandona un alto puesto directivo sino también una cómoda vida en una de las ciudades más atractivas del mundo.

A punto de cumplir los cuarenta, Carlos se embarca, en solitario y de mochilero, en un extenso viaje por Asia, desde Nepal a Japón, con el propósito de explorar un continente que apenas conoce pero que le atrae intensamente. Además, pretende que el largo viaje se convierta en lanzadera de su proceso de dar un brusco giro a su vida y carrera profesional para convertirse en escritor y fotógrafo.

Nada más comenzar su periplo asiático, circunstancias adversas hacen peligrar su propósito y está a punto de abandonar su aventura. Gracias a su perseverancia y optimismo, y a pesar de verse obligado a cambiar la ruta y alargar el viaje varios meses, Carlos consigue seguir las corazonadas de su destino. 

El año que fui Nómada es una memoria de viajes que narra una extensa aventura por Asia (12 países en total), en la que Carlos describe los lugares que explora, las ricas culturas orientales y sus encuentros personales más interesantes y ricos. Su curiosidad por el mundo le lleva tanto a ascender altas cumbres en el Himalaya como a convivir con una tribu indígena en un remoto archipiélago indonesio. A lo largo de su viaje se interesa por el budismo e incorpora la meditación vipassana a su vida, claves para él en su proceso de cambio vital.

El año que fui Nómada, su primer libro, es por ello una memoria de dos viajes: el viaje físico y filosófico de Carlos al Este, así como su personal búsqueda por conseguir una vida plena.

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En los sueños comienza la responsabilidad.” – W. B. Yeats

 
Extracto del capítulo: Baguettes, Templos  y Genocidio

 

Battambang, segunda ciudad del país, se encuentra a la vera del río Sangker a una hora al sur de Sisophon. Me hospedé en el hotel Chhaya, muy céntrico y con amplias habitaciones con aire acondicionado y frigorífico. Un joven motorista que me ayudó a subir mi mochila a mi habitación se ofreció a llevarme a los templos más atractivos de la zona. Era joven, simpático, de sonrisa fácil y buen inglés, así que lo contraté. Esa misma tarde fuimos a ver Wat Ek Phnom, un templo en ruinas de la época angkoriana. Se encuentra a 14 km al norte de la ciudad y el trayecto a él es precioso. Primero, por una estrecha carretera flanqueada por casas de madera entre cocoteros y palmeras, luego, ya en el campo, por las aldeas de agricultores. Mi conductor tenía veintitrés años y le gustaba el cine tanto que soltaba frases desconocidas para mí de películas como Die Hard o Cocrodile Dundee. Las películas eran su profesor particular de inglés. Cuando le pregunté si tenía novia, me contestó «no money, no honey» (sin dinero, no hay miel), expresión tan popular que aparece impresa sobre camisetas a la venta en muchos puestos.

Al día siguiente mi motorista me recogió a las 9 a.m. para ir al templo Wat Banan, situado sobre una colina que surge de la nada en medio de la llanura. Fueron 359 los peldaños que tuve que subir para alcanzar la cima. Las vistas del campo eran espectaculares desde allí. Posteriormente nos dirigimos a Phnom Sampeau, más conocida como The Killing Cave. Se trata de una cueva a lo alto de una colina que tiene una claraboya en su techo. Los jemeres rojos establecieron allí una prisión y mataron aproximadamente a diez mil personas golpeándolas en la cabeza y tirándolas por la claraboya al fondo de la cueva, unos veinticinco metros más abajo. Si alguno todavía permanecía vivo, era luego rematado. En ella hay bastantes calaveras y huesos de los asesinados, así como un Buda tumbado que ha sido construido junto al montón de restos. Pregunté a mi guía si alguien de su familia había fallecido durante aquel periodo; respondió que su madre presenció el asesinato de su hermano y su hermana, tíos que el joven camboyano nunca tuvo la oportunidad de conocer. Nos dijo que su madre apenas hablaba de ello porque la tristeza y el lloro se apoderaban de ella cuando lo hacía.

Pedí al motorista que me recogiera a las 9 p.m. para ir a la única discoteca de la ciudad, Sky. Cenando en Smoking Pot, un restaurante muy popular entre los turistas por sus cursos de cocina, conocí a Brian, un joven americano que se hospedaba en el Chhaya. Le invité a venir a Sky y quedamos en vernos en el lobby del hotel, desde donde partimos al estilo local, los tres sobre la moto. Entramos sin tener que pagar, nos sentamos en una mesa alta con taburetes y pedimos tres cervezas Angkor. Era miércoles y poco a poco el lugar se fue llenando, asistencia que resultaba sorprendente para el día de la semana. La clientela era joven, pocos tendrían más de veinticinco años. Como de costumbre, había más hombres que mujeres pero sorprendentemente eran ellos los más activos en la pista de baile. También había algunos lady-boys, exagerados en sus peinados, maquillajes y movimientos, que no debía quedar duda de que eran realmente mujeres. La música alternaba el pop occidental con el camboyano y el asiático, con algo de hip-hop y rock entre medias. Con la medianoche llegó la media hora de baladas para que las parejas pudieran bailar agarradas. Ninguno de los tres nos animamos a bailar, aunque Brian y yo insistimos a nuestro joven conductor en divertirse en la discoteca con sus jóvenes paisanas. Al salir de la discoteca coincidimos con dos jóvenes atractivas camboyanas que habíamos avistado en la pista. Pedí a mi conductor que hablara con ellas y les preguntara adónde iban. Todo estaba cerrado ya, pero le pedí que consiguiera su número de teléfono.

Al día siguiente tenía planeado alquilar una bicicleta y salir de Battambang en dirección al templo de Ek Phnom para disfrutar del precioso campo camboyano. Antes de partir, me acerqué al mercado central para reparar la cremallera de una de mis camisetas. En Asia todo lo que se estropea se puede reparar fácilmente: zapatos, ropa, bicicletas, cualquier maquinaria. Una vez dentro del mercado, en la zona donde las modistas cosían vestidos de novia y de madrina, mostré mi camiseta a una mujer confeccionando un vestido de novia con su maquina de coser. Echó un vistazo a la cremallera y envió a una de sus dos empleadas a comprar una cremallera nueva que coser al frente del cuello de mi camiseta.

Me senté en una banqueta a observar cómo las mujeres cosían. El puesto de enfrente era una peluquería de señoras. La peluquera estaba lavando el pelo a una señora antes de ponerse a la tarea del corte. El lavabo era un gran bidón de plástico. Un hombre algo rechoncho se acercó al puesto con un grueso fajo de billetes viejos en su mano. Todos los puestos le iban dando billetes que luego supe era la tasa de limpieza diaria del mercado. El recolector se paró y en inglés bastante correcto me preguntó qué hacía allí y de dónde era. Era simpático y parlanchín, y se llamaba Yam. Me comentó que la más joven de las costureras pensaba que yo era muy guapo. Agradecí el cumplido mientras ella sonreía ruborizada. Apenas tendría dieciocho años. Mientras jugaba con sus billetes, me invitó a comer en su casa, algo que dijo solía hacer con algunos turistas. Dudé pero al final acepté. Quedó en recogerme en una de las salidas del mercado a las 11:30 a.m.

Me llevó en su moto al otro lado del río, a su casa en el barrio musulmán de Battambang. Él se casó con una joven budista a pesar de la oposición de sus padres, quienes en protesta no acudieron a la boda. Me comentó que apenas visitaba la mezquita y que no era muy religioso, incluso bebía alcohol con regularidad fuera de casa. Esta era simple y de madera, con una planta baja abierta donde cocinar y almacenar, y una tarima de madera para sentarse y comer. Las casas colindantes estaban tan cerca que el concepto de vecindad presentaba una nueva dimensión. Unas escaleras externas alcanzaban la primera planta donde había una estancia principal y una habitación. Los niños musulmanes del barrio se aproximaron al verme. Algunas niñas se cubrían el cabello con un pañuelo, un niño portaba un gorro musulmán. Todos eran tremendamente simpáticos y curiosos. Su mujer era joven, veintiún años por los treinta y seis de él, y tenían un niño de tres años que estaba con sus abuelos, otro llevaba ya siete meses en camino. A Yam le gustaba el fútbol, y nombró a su hijo Wayne Rooney, como el excelente delantero inglés del Manchester United. Al principio pensé que era un mote, pero me aseguró que era su nombre legal. Yam y yo comimos una sopa de pescado y un delicioso curry de ternera con arroz sobre la tarima de madera de la planta baja. Su mujer permaneció en la planta superior.

Posteriormente me llevó en su moto a ver las ruinas de un pequeño templo a unos veinte minutos de su casa, en medio del bellísimo campo de la zona. A la vuelta, nos detuvimos a ver cómo tres hombres pescaban con sus manos en una poza de un metro de profundidad y quizá seis metros cuadrados de superficie. Se dice que durante la época de lluvias, Camboya vista desde el cielo es un inmenso charco lleno de peces. Tras las lluvias, a medida que los ríos retroceden, numerosas charcas quedan atrás, formando peceras naturales ideales para la pesca. Por ello, es habitual ver a camboyanos pescando con sus manos en esas opacas charcas marrones. En poco más de diez minutos, cuatro peces de gran tamaño fueron lanzados a nuestros pies por los pescadores. Una mujer y su hija se apresuraron a recogerlos e introducirlos en un saco antes de que sus agitados contorneos les devolvieran a la charca. Yam decidió comprar tres peces para sus padres. Me tocó a mí portar el pescado en una bolsa de plástico bien atada porque los vivos animales todavía intentaban escapar de su suerte. Conocí a sus padres, su hermana y también a Wayne Rooney, quien totalmente desnudo no tenía un balón entre sus pies sino un pequeño camión de plástico. Tras saludar a todos ellos y darles la bolsa con la cena, Yam me acercó al hotel e insistió en que fuera a cenar a su casa. Era muy perseverante, siempre amigablemente.

Al llegar al hotel vi a mi joven conductor y le pregunté si había llamado a las chicas que conocimos la noche anterior. Me dijo que una de ellas le había llamado durante el día diciendo que tenía que trabajar esa noche en un bar que él no conocía pero que creía era un karaoke, y nos había invitado a pasar por allí. La propuesta no me atrajo demasiado y preferí seguir con el plan de cenar con Yam.

Me recogió con su moto. De camino a su casa le pedí que parara en algún puesto para comprar algo de bebida que llevar. Una cerveza para mí, dos refrescos para él y su esposa, ante la cual Yam no bebía alcohol. En su casa cenamos en el primer piso, sentados en el suelo con el televisor encendido mostrando una telenovela coreana. Esta vez su mujer nos acompañó, pero como no hablaba inglés apenas participó de la conversación y se concentró en la telenovela. Yam me confesó que estaba seria porque sabía que él tenía otra novia. Había conocido a una joven de veinte años, huérfana de padre y madre, muy pobre, que aunque trabajaba de camarera en un restaurante apenas ganaba suficiente para sobrevivir. De hecho, no tenía donde vivir y dormía en el mismo restaurante. Según él, estaba con ella para ayudarla, por compasión, que una vez que se involucró no la podía abandonar. Entonces no supe qué pensar de él, si era un auténtico samaritano o un caradura que se excusaba sin remordimiento.

Terminamos de cenar y me comentó que conocía a una mujer que le gustaría presentarme. Me informó que no solo era bella físicamente sino también como persona. Le dije que por supuesto que me encantaría conocer una mujer de esas características. Vivía cerca, pero esa noche estaba cenando en casa de unos amigos. Tardamos un tanto en encontrar la casa. Una vez que dimos con ella, nos invitaron a tomar una cerveza. Estaban sentados en el suelo alrededor de lo que quedaba de un festín de comida. La amiga y su marido acababan de llegar de vacaciones desde los Estados Unidos, donde vivían en California. La mujer camboyana que Yam me quería presentar se llamaba Sokun, guapa y alta, de complexión oscura, ojos redondos, pómulos altos y ancha sonrisa blanca. Hablaba un inglés suficiente para comunicarnos sin problemas. Tras la cerveza, nos despedimos del grupo y Sokun nos acompañó hasta la moto. Yam me preguntó qué opinaba de ella, si me gustaba, le dije que sí, y quedamos en vernos al día siguiente por la tarde.

Salimos en moto hacia Sky para tomar una cerveza en la discoteca. De camino, Sokun llamó a Yam para asegurarse de que yo quisiera verla al día siguiente, y para disculparse por no venir con nosotros a tomar algo. Según ella estaba demasiado borracha como para aventurarse. En Sky tan solo tomamos una cerveza y pedí a Yam que me llevara al hotel. De camino, se desvió y detuvo la moto en un lugar de «masaje», donde varias mujeres escuetamente vestidas esperaban a clientes sentadas en su exterior. Le dije a Yam que no estaba interesado, pero él parecía querer uno, y quizá que yo lo financiara. Me mantuve firme, y dejé a las mujeres sin clientes y a Yam insatisfecho. Mi opinión sobre él estaba deteriorando.

Sokun había llamado a Yam para quedar a las 6:30 p.m. en el parque junto al río. Ella prefería quedar en un sitio público pero ya en la oscuridad para que la cita no fuera tan transparente. Esperamos a que Sokun llegara en su moto en un banco observando al grupo de mujeres que se reúne a diario en el parque para la clase de aeróbic. Llegó puntual, se sentó entre nosotros y hablamos de ir a cenar juntos. Cambié la moto de Yam por la de Sokun. El restaurante era un amplio lugar con un escenario donde una mujer amenizaba la noche con sus canciones. Nos sentamos y Yam partió a hablar con una camarera; nos había traído al restaurante donde trabajaba su joven novia. Pedimos una sopa de anguila, arroz cocido y ternera con vegetales. La novia de Yam, reacia, se sentó a cenar con nosotros. Tenía una sonrisa muy dulce y una mirada humilde con una mezcla de ternura y tristeza. La imagen de la mujer de Yam embarazada de siete meses y sentada sola en casa preocupada por la infelicidad de su marido no dejaba de venirme a la cabeza. No me sentía culpable por la situación, porque Yam estuviera allí conmigo cenando con Sokun y aquella joven en lugar de hacerlo con su mujer, que si no fuera yo, otra sería la excusa, pero el recuerdo de aquella joven mujer abandonada en casa cuando menos lo merecía me estaba amargando la cena. Terminada esta, Sokun y yo dejamos a Yam para irnos a uno de los bares callejeros junto al río.

Sokun tenía treinta y seis años, divorciada desde hacía doce, y dos hijos, un varón de trece y una niña de once. Se casó con veintiuno por decisión de sus padres, quienes con los padres del novio acordaron la boda. Ella aceptó como lo han hecho -y lo siguen haciendo- millones de mujeres en muchas partes del mundo. Una vez casada sufrió cómo su marido se gastaba el dinero en bares y en mujeres, y no solo la trataba sin respeto alguno sino que incluso le pegaba. Sokun decidió divorciarse de él estando embarazada de la niña. Lloraba todos los días por su infelicidad y por las dificultades que le esperaban; una joven de veinticuatro años sola con dos hijos que sacar adelante en un país en el que una mujer divorciada lo es para el resto de su vida. Su marido, como suele suceder, no esperaba el divorcio, y arrepentido acudía a casa de Sokun pidiendo perdón, llorando por su regreso. Sabía que le sería muy difícil, sino imposible, encontrar otra mujer tras el divorcio y la reputación adquirida, además de perder los servicios de un ama de casa. Ella, sin embargo, no podía contemplar estar con él y prefirió afrontar las dificultades de una digna soledad. Ahora trabajaba en una casa de huéspedes limpiando y cocinando seis días a la semana. Cobraba por ello 100 $ al mes, sueldo que debía mantener a ella, a sus hijos y a la madre de Sokun, con la que vivía.